Desarrollado durante siglos por imagineros anónimos, el arte pictórico del tarot tiende un puente entre lo visible y lo invisible, entre el consciente y el inconsciente. Cada pequeño detalle de sus láminas es un lenguaje cifrado al que contribuyen símbolos procedentes de distintas artes esotéricas.
La mayoría de ellos son arquetipos. Por ejemplo, el arquetipo de la madre Naturaleza es una anciana y el del héroe, un hombre como Hércules, capaz de salvar todos los obstáculos. En el curso de la evolución estos patrones han quedado grabados en el inconsciente colectivo, adquiriendo una enorme energía. Los arquetipos contenidos en el tarot actúan sobre el intérprete, para quien todo símbolo se convierte en un foco que aumenta su concentración y le sugiere respuestas intuitivas que no pasan por el tamiz de la lógica y la razón. Al mismo tiempo, la meditación sobre dichas imágenes hace de ellas agentes alquímicos capaces de llevar al alma por el camino de retorno hacia la fuente de la que procede, un proceso que Jung llamó “individuación”. Se trata del camino de los iniciados, aquel que buscan quienes tienen su espíritu herido por la nostalgia del paraíso y están subyugados por el anhelo de conocer su propia esencia y su destino en esta vida.
ÁNGELES: Intermediarios entre Dios y su creación, tienen diversas misiones. Irradian y contagian la energía cósmica a los planos físicos (Los Enamorados, VI); ayudados de instrumentos musicales apremian a la conciencia a despertar del sueño y las ilusiones en que la materia la ha sumido (El Juicio, XX y El Mundo, XXI); se convierten en guardianes protectores (La Templanza, XIV).
CABALLOS: Representan los instintos y las pasiones de su jinete. Cuando este no logra dominar su yo interno, su paseo por la vida se convierte en una alocada carrera. En El Carro, VII, el conductor ha de apaciguar a sus caballos, que galopan en direcciones contrarias, para convertirse en el amo del carruaje.
ÁGUILA: Simboliza la ascensión social o espiritual y la facultad de comunicarse con el cielo, que otorga un poder excepcional, semejante al de la realeza (La Emperatriz, III y El Emperador, IV). También se vincula al apóstol Juan en El Mundo, XXI.
BOLSA, SAQUITO: Según una tradición bíblica, representa el lugar donde se pone a salvo el alma humana. También el sitio en el que se conserva y resguarda el principio de la vida. El Loco, 0 y El Mago, I llevan en su saco todas sus pertenencias.
CORONA: Ostentada por numerosas figuras en arcanos mayores y menores, expresa elevación e iluminación y es insignia del poder y la luz. La de El Diablo, XV está dotada de cuernos para indicar que la inteligencia que le caracteriza, aunque procedente en principio de la esencia divina, fue corrompida más tarde.
CABEZAS CORTADAS: La coronada que aparece en la esquina de la derecha del Arcano Sin Nombre, XIII podría ser la de Felipe el Hermoso, que ordenó
la ejecución del gran maestre de los templarios Jacques de Molay. También aluden a la necesidad de situar la mente y el centro intelectual por debajo del corazón y el centro emocional para alcanzar la muerte iniciática.
ESQUELETO: En la alquimia personifica los estados que preceden a la transmutación interior. No simboliza la muerte física, sino la muerte dinámica de ciertas partes caducas de la propia personalidad, el renacer del que hablaban los ritos iniciáticos de la Antigüedad. Anuncia, por tanto, una nueva forma de vida.
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